viernes, 22 de febrero de 2008

NIETZSCHE Y LA MUERTE DE DIOS


NIETZSCHE EL HOMBRE:

Nació el 15 de octubre de 1844 en Röcken, Prusia. Su padre, un pastor protestante, falleció cuando él tenía 5 años, por lo que fue educado por su madre en una casa donde vivían su abuela, dos tías y una hermana. Estudió Filología Clásica en las universidades de Bonn y Leipzig, y fue nombrado catedrático de Filología Clásica en la Universidad de Basilea en 1869, cuando sólo tenía 24 años de edad. Su delicada salud (estuvo afectado toda su vida por problemas de visión y constantes jaquecas) le obligó a abandonar la docencia en 1878. En 1889 sufrió una crisis nerviosa de la que nunca se recuperó. Falleció en Weimar el 25 de agosto de 1900.

NIETZSCHE Y SU PENSAMIENTO:

El pensamiento filosófico de Nietzsche es considerado como uno de los más radicales, ricos y sugerentes del siglo XX. Como filósofo, poeta y filólogo alemán, su pensamiento es vital para comprender el desarrollo actual de las ideas. Nietzsche “es una de las grandes personalidades que jalonean el destino de la historia espiritual de Occidente, un hombre fatal que obliga a tomar decisiones últimas”; siendo así, se constituye como un hombre que interpela al hombre del siglo XX, representa por ello mismo, “la crítica más extremada de la religión, la filosofía, la ciencia y la moral”[1].

Es indudable que sus críticas más severas van dirigidas hacia el cristianismo y su imperio en el pensamiento de Occidente. De nadie es ignorado que Nietzsche es uno de los detractores más conspicuos de la cristiandad y de la moralidad que ese estilo de vida conlleva. Ante todo, Nietzsche es un profeta contra el cristianismo. Con su filosofía poética busca, siempre y en todos los casos, derribar una ética; la ética cristiana, la cual ha influido notablemente sobre Occidente. En la religión cristiana, él ve una negación de la vida, una negación de todo lo terrenal, una ética que ha cambiado lo "mundano", por algo celestial, por un mundo ideal.


Nietzsche reacciona también, frente a la filosofía de Hegel, su Espíritu absoluto y el “historicismo” alemán. Para él, tanto el cristianismo como la tradición filosófica habían dado la espalda al mundo real, señalando siempre hacía el cielo, hacía el mundo de las ideas. Este mundo no era sino mera apariencia para el cristianismo y para la tradición filosófica de Occidente; por eso, Nietzsche propugna por la fidelidad no al cielo, sino a la Tierra, a este mundo presente. Al cristianismo y a la fe que exige el cristianismo, Nietzsche opone un nuevo estilo de vida completamente diferente y anti-cristiano. La fe cristiana que él veía en sus tiempos, no era otra, sino “la fe de Pascal, esa fe que se parece de un modo espantoso a un lento suicidio de la razón, de una razón terca y obstinada de vivir, parecida a un gusano que no puede matar en un instante ni de un solo golpe. La fe cristiana, en su principio, es sacrificio del espíritu, de toda su libertad, de todo su orgullo, de toda su confianza en sí mismo; y, por añadidura, es servilismo, burla y mutilación de sí mismo”[2].

Nietzsche fundamentó su ética en lo que él creía el instinto humano más básico, el instinto humano más excelente también, la voluntad de poder. Nietzsche criticó al cristianismo y los sistemas morales de otros filósofos como "morales esclavas", porque, en su opinión, encadenaban a todos los miembros de la sociedad con normas universales de ética. Nietzsche ofreció una "moral maestra" que apreciaba la influencia creativa de individuos poderosos que trascienden las normas comunes de la sociedad.


Uno de los argumentos fundamentales de Nietzsche era que los valores tradicionales, representados en esencia por el cristianismo, habían perdido su poder en las vidas de las personas, lo que llamaba nihilismo pasivo. Frente a lo que el consideró que era la fe cristiana, “una moral de esclavos cristiana” opone y exalta la vida misma. Propone una nueva concepción de lo que hasta entonces había sido la axiología, quiere hacer una nueva reevaluación de todos los valores, para que el ulterior despliegue de todos los fuertes, no fuera impedido por la gran mayoría de débiles.


Su nueva axiología es expresada en su tajante proclamación “Dios ha muerto”. ¿Cómo invertir los valores, sino a través del valor supremo de Occidente, aquel que, además, sustenta todos los otros valores? Estaba completamente convencido de que los valores tradicionales representaban una “moralidad esclava”, una moralidad creada por personas débiles y resentidas con la vida, que fomentaban comportamientos como la sumisión y el conformismo porque los valores implícitos en tales conductas servían a sus intereses.


Afirmó, así mismo, el imperativo ético de crear valores nuevos que debían reemplazar los tradicionales, y su discusión sobre esta posibilidad evolucionó hasta configurar su retrato del hombre por venir, el “superhombre”. Como profeta anti-cristiano, proclama la muerte de Dios. Sólo cuando eso sucede el hombre puede vivir liberado de ese pesado yugo que se cernía sobre él. La aurora de un nuevo día adviene con la muerte del Dios cristiano. Nietzsche no mata a Dios, pero toma la palabra para anunciar, para proclamar a voz en cuello, la buena nueva de la muerte de ese Dios.




<<¡Ante Dios!>> Mas ese Dios ha muerto ya. ¡Hombres superiores, ese Dios ha sido vuestro mayor peligro!No habéis resucitado sino desde que él yace en la tumba. Sólo ahora llega el gran mediodía. ¡Ahora el hombre superior se convierte en –señor! ¿Habéis entendido mi palabra, hermanos míos? ¿Estáis asustados? ¿Es víctima del vértigo vuestro corazón? ¿Veis abrirse aquí algún abismo? ¿Os está ladrando el perro del infierno? ¡Vamos, adelante, hombres superiores! Ahora es cuando la montaña del futuro humano está de parto. Dios ha muerto. Ahora nosotros queremos que viva el superhombre.[3]




El reino del superhombre comenzaría con la muerte de Dios. Habiendo muerto Dios, se abría un nuevo abanico de posibilidades para los hombres. En primer lugar, porque “el nietzscheismo... no es una teología; o más bien, es una teología al revés, una teología del pecado, ‘más allá del bien y del mal’. Dios... se forma realmente en el mundo, al mismo tiempo que el hombre y en el hombre”[4]. Pero “es necesario que el hombre se ofrezca en holocausto y que muera para que Dios nazca. Los teólogos han esperado esta fatalidad situando lo divino en lo sobrenatural que exige el sacrificio de la naturaleza y de la tierra. Inversamente ¡lo humano exige la muerte de Dios! Estos dos rivales, estos dos grandes antagonistas no pueden realizarse juntos. La realización supone su aniquilación: el Hombre tiene que matar a Dios”[5].


“El crepúsculo de los dioses” ha llegado con la venida del estadio de la voluntad de poder del hombre. Nietzsche no mato a Dios, él sólo anunció lo inevitable, los hombres hemos matado a Dios. Pero específicamente ¿quién ha asesinado a Dios? ¿Acaso ha sido el ateo nietzscheano? No. Quien ha asestado el golpe mortal, no ha sido ningún ateo, sino que “el verdadero asesino de Dios ¡es el cristiano! El cristianismo no fue más que en apariencia una fe en Dios, una vida humana en el seno de los divino”[6].


Así las cosas, Nietzsche no sólo denigra al cristianismo, sino que lo hace culpable de la muerte misma de Dios, de su asesinato. El cristianismo mismo, que defiende a ultranza a Dios, es el único y verdadero culpable de la muerte del Dios que confiesan. “Nietzsche es el 'antiprofeta';... no por ser lo contrario de un profeta, sino por profetizar lo contrario de todos ellos: la vanidad de todo ideal, la validez definitiva de lo que cada cual tiene entre manos, la renuncia a la utopía. Nietzsche es, en efecto, el profeta de la desesperación: el Anticristo, o, como le gusta decir de su Zaratustra, el profeta de la muerte de Dios”[7].


Las razones por las que el cristianismo también ha atacado sin tregua a la filosofía nietzscheana sobran. Pero sin duda, la más importante de ellas, es quizá su afirmación ultra radical de culpar precisamente a los cristianos de la muerte de Dios. Tremenda paradoja para los cristianos, que en el pasado dieron sus vidas por defender sus convicciones religiosas, frente al poder del imperio romano, pero ahora, en el presente Nietzsche los acusa de ser ellos, quienes han asesinado a Dios, ese Dios por el que en el pasado dieron sus vidas.

Obviamente, la apologética cristiana que nació en medio de la persecución atroz del impero romano, sobre las primeras comunidades cristianas, ahora surge nuevamente a la luz, para defender su fe. Si algo ha caracterizado a los cristianos sinceros de todos los siglos, es la fidelidad en sus creencias. Ciertamente en muchos aspectos de su “credo” no se han puesto, ni se pondrán de acuerdo, pero ello no significa que dejen de defender sus convicciones primarias, las cuales profesa toda la cristiandad mundial. La filosofía nietzscheana, lejos de ser una piedra de tropiezo, para el cristianismo, se constituye como una preciosa oportunidad para la defensa de la fe. Nietzsche ha llamado la atención, sobre la cosmovisión y la “perspectiva cristiana” de la vida y el mundo, como una amenaza para éste. Ciertamente durante mucho tiempo la cristiandad mantuvo una dicotomía errónea entre cielo/tierra, carne/espíritu, mundo presente/mundo futuro, vida/muerte, bueno/malo; pero ello no significa que ese sea el “credo” actual de cristianismo.

Nietzsche, lejos de representar una verdadera amenaza para el presente y posterior desarrollo y avance del cristianismo, es desde el nacimiento de su filosofía, un acicate que representa una enorme oportunidad de avance. Ciertamente, “Nietzsche fue el primer pensador que atisbó la llegada de una época en la que, más allá del descenso sociológico de la creencia en Dios, acontecería su muerte cultural y conceptual”[8]. Pero pese a eso, el cristianismo se ha dado cuenta de la oportunidad de rectificar el derrotero con respecto a su cosmovisión del mundo y de la vida.


Nietzsche fue un visionario de su tiempo, que supo leer su realidad para presentarla desnuda a la cristiandad. Efectivamente, como bien lo sostiene Hernández-Pacheco, “un cristiano renovado tendría que abandonar entonces su lastre platónico, si quiere realizar una lectura "moderna" del Evangelio, que no sea antivitalista y desvalorizadota de la realidad temporal”[9]. Durante mucho tiempo, el cristianismo se convirtió en reduccionista, al representar la vida cristiana como un mero espectáculo. La vida cristiana era una mera puesta en escena en medio del mundo, pero no tenía nada que ver con la realidad concreta de este presente mundo.


La vida cristiana, vista desde este ángulo dejó mucho que desear con su concepción futurista y además simplista acerca de la salvación de las “almas”, como si el Dios de los cristianos, se preocupara únicamente de “espíritus” y no de hombres concretos de carne y hueso, inmersos en medio de una realidad vivencial concreta, además de cristiana. Al menos, esta crítica de Nietzsche hacia el cristianismo, está completamente fundada. Gracias a ello, la cristiandad, se ha dado cuenta de su error doctrinal y ha rectificado sabiamente esta visión reduccionista, incompleta, simplista, anti-bíblica y del todo contraria al espíritu del Evangelio de Jesucristo, acerca de la vida y la realidad presente, como así lo demuestra el presente párrafo:



Pero algunos cristianos han aprendido a ver la vida en la forma de dos compartimientos: el mundo y la iglesia. (...) En contraste con la forma bíblica de ver la vida, la dicotomía evangélica ha introducido conceptos ajenos a la cosmovisión bíblica. (...) Convertir al mundo para Cristo no significa convertirlos a todos en religiosos alienados de la sociedad; y ser cristiano no quiere decir que uno se evade de los problemas de la sociedad para refugiarse en un supuesto mundo espiritual. Parte de lo que es ser cristiano va por el camino de preguntarse cómo cultivo mi vocación, cómo desarrollo mis capacidades, cómo hago un aporte cristiano a la sociedad...[10]


Los cristianos “renovados” o “reformados” han sabido responder a la necesidad de sacar de la cristiandad aquella dicotomía no bíblica en medio del mundo.


[1] Fink, E., La filosofía de Nietzsche, p. 9.
[2] Nietzsche, F., Más allá del bien y del mal, p. 83.
[3] Nietzsche, F., Así habló Zarathustra, p. 219.
[4] Lefebvre, H., Nietzsche, p. 61.
[5] Idem.
[6] Ibid., p. 62.
[7] Hernández-Pacheco, J., Friedrich Nietzsche: Estudio sobre vida y trascendencia, p. 15.
[8] Mardones, J. M., Postmodernidad y cristianismo: El desafío del fragmento, p. 81.
[9] Hernández-Pacheco, J., op. cit., p. 20.
[10] Casanova, H. en La fe cristiana frente a los desafíos contemporáneos, p. 14.


BIBLIOGRAFÍA:


DELEUZE, Gilles, Nietzsche y la Filosofía, Anagrama, Barcelona, 1986.

FINK, Eugen, La filosofía de Nietzsche, Alianza Editorial, Madrid, 1984.

HERNÁNDEZ-PACHECO, Javier, Friedrich Nietzsche: Estudio sobre vida y trascendencia, Herder, Barcelona, 1990.

LEFEBVRE, Henri, Nietzsche, FCE, México, D.F., 1940.

MARDONES, José María, Postmodernidad y cristianismo: El desafío del fragmento, Sal Terrae, Santander, 1988.

NIETZSCHE, Friedrich, Así habló Zarathustra, Grandes Pensadores, RBA, Barcelona, 2002. _________ Más allá del bien y del mal, Grandes Pensadores, RBA, Barcelona, 2002.

STOTT, John R. W., La fe cristiana frente a los desafíos contemporáneos, Libros Desafío, Michigan, 1999.

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